Mar, espejo de inmensidad desde la orilla miro y me siento pequeña, como ante la eternidad. Nunca eres el mismo siempre estás cambiando a merced de los vientos y de los cielos. A veces el azul eterno de la cúpula celeste es un zafiro gigante pero tú andas inquieto, te encrespa el levante, quizás el poniente rompiendo en mil cristales el espejo de tus aguas. Los días nublados eres plomo fundido de un crisol agitado que no acaba de sacar el brillo del metal, seriedad arriba y abajo en un horizonte sin final. Pero cuando estalla el color allá en las alturas el mundo entero es una teñida fiesta con barcos navegando en cuadros mudables hasta los afanes del día o el silencio nocturno.
Foto y poema Auxiliadora Pacheco M. Todos los derechos reservados.

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