Era un árbol fuerte de tronco firme con profundas raíces que lo anclaban a tierra. No había otro más hasta bastante distancia era el único refugio ante el ardor del Sol cuando llegaba el calor. Pero un día de verano el aire se alborotó en una tormenta seca que no da agua sino mucho peligro. Un rayó descargó y medio árbol quemó. Un quejido sonó de vida lastimada. Pero el lado vivo siguió verde y espeso luchando por la supervivencia. Llegó el otoño, pasó el invierno. Y al llegar la primavera algunas hojas verdes brotaron en las ramas que parecían yertas mostrando que todavía les quedaba esperanza de poder recuperarse recobrando la simetría del árbol herido. Auxiliadora Pacheco M. Todos los derechos reservados.

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