Una tarde otoñal, tres figuras bajaron del paseo marítimo al camino de madera que se adentraba en la Playa del chanquete. Una anciana iba del brazo de su hija, una mujer ya de cierta edad. En la mano que no sostenía a su madre, la hija llevaba una rosa blanca. Detrás de ellas iba un hombre, sin duda el marido de la hija. La playa estaba casi desierta y una ligera brisa levantaba pequeñas olas. El Sol, próximo a marcharse, doraba la escena. La arena plateada, casi negra donde la mojaba el mar, amarilleaba a la luz de la tarde, El grupo caminó hasta el límite donde llegaban las olas. Juana, pues así se llamaba la hija, entregó la rosa blanca a su madre Dolores. Esta le dio un beso y la arrojó al mar. Muchos años atrás, el mar se había tomado su tributo con las vidas de los tripulantes de un pesquero. Uno fue el marido de Dolores. Cada año, en el aniversario, Dolores echaba una rosa al mar. Después de unos minutos contemplando el mar, el grupo emprendió el regreso.
Auxiliadora Pacheco
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